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Perros fascistas

28/09/2014

Carlos Ladera
(Opinión)
carlos ladera - opinió IMG-20140504-WA0000_opt-300x300En el sesenta y ocho les dio por decir que bajo los adoquines íbamos a encontrar la playa, pero aquello a mí me sigue quedando lejos. Yo me conformo con pensar que el asfalto guarda las pisadas de cuando era niño, confío en la retentiva de farolas y portales, que las palomas son siempre las mismas y que si los bancos tomaran conciencia nos explicarían las historias de amor más melancólicas y tristes. Necesito pensar que las calles tienen memoria.

Hoy, a medio camino entre la Pons i Pons y Santa Rosa, tres niños desmigajaban jamón dulce y se lo daban a un cachorro de pastor alemán que llevaban atado a una cuerda de esparto raída. Especulaban sobre quién se lo podría quedar mientras yo me escurría entre dos coches para evitar un inminente “Señor, perdone…” que advertía de un momento a otro. Una vez a salvo, en el ascensor que me lleva hasta la puerta de casa de mis padres, un tío no paraba de mirarme desde dentro del espejo. No se daba por ignorado, así que le he clavado una mirada intimidatoria. Para mi sorpresa no se ha quedado callado, me ha replicado. Ha sonreído de medio lado y me ha dicho así, en voz alta: “¿Qué? ¿Ya no te acuerdas del día en que os encontrasteis a Blues?, ¿verdad?”.

Mujeres subsaharianas en una clase de catalán, en Santa Coloma.

Subsaharianos en una clase de catalán, en Santa Coloma.

Los niños de la Guimerà jugábamos a fútbol en el parque vallado que queda más o menos en mitad de la cuesta. Una suerte de corredor entre dos mastodontes de ladrillo con una portería pintada. Blues asomó la cabeza entre los barrotes una tarde de finales de junio, tímido y juguetón. Era marrón y grande. Tenía la mirada despierta, sus orejas y sus extremidades eran enormes en comparación con su cuerpo. Algunos ya lo habíamos visto merodear por el barrio, pero no le habíamos mostrado mucho interés. El caso es que un balón rezagado se nos fue por encima de la valla y Blues se fue tras él, ¡casi lo atropella un coche! Cuando lo recuperó lo trajo de nuevo hasta el parque y se puso a corretear entre nosotros. Pensábamos que nos íbamos a quedar sin pelota, pero pronto nos dimos cuenta de que solamente tenía ganas de jugar.

Por supuesto, cuando llegó, Blues aún no era Blues, pero como no tenía nombre le pusimos uno entre todos. A las seis de la tarde comenzaron a llover bocadillos y cantimploras de las ventanas, pusimos un poco cada uno de lo nuestro para darle de comer. Técnicamente para nosotros aquello era la merienda, pero por los ojos y el ansia de sus mandíbulas, entendimos que aquellos retales que arrancábamos a nuestra comida eran, siendo muy optimistas, el desayuno de Blues. Él iba tragando feliz, se colocaba estratégicamente al lado del niño que en aquel momento tuviera el bocadillo más grande en la mano y no se separaba de hasta que el olor de un nuevo embutido le llegaba desde otro sitio, ¡menudo olfato tenía! Cuando se acabaron los bocatas, Blues se sentó en el suelo a descansar un poco. Nos miraba expectante, nostálgico, serio pero feliz: una mirada de Blues, de ahí el nombre.

En un principio las niñas se mostraron, como siempre, asquerosamente distantes. Pero antes de que acabara aquella tarde, ellas también gritaban su nombre desde la otra punta del parque y salían corriendo. Le decían cosas que Blues no entendía, pero él las miraba y corría tras ellas para seguirles el juego. Cuando las alcanzaba se dejaba tocar, acariciar, dócil, y luego volvía con nosotros con la misma cara de felicidad.

A partir de las nueve, de las mismas ventanas que habían llovido las meriendas, fueron asomando cabezas al reclamo de niños que tras un “¡Ya voy, mama!” iban desapareciendo de escena mientras el sol se marchaba por Montcada i Reixac. El último vecino y yo nos miramos, y luego miramos a Blues, que reflejaba las mismas ganas de jugar que a las cinco de la tarde, y ninguna intención de marcharse. Le quité la pelota en un momento de despiste, abrí el portón de la valla e hice un gesto con la cabeza de “vamos”. Blues entendió, salió primero, luego mi vecino, por último yo, y cerramos.

Seguimos a Blues calle arriba hasta el descampado que había tras los bloques, “la montañeta” le llamábamos –hoy es un parque totalmente equipado y adaptado a los cánones que exigen los planes de urbanización–. Blues se adentró entre la maleza y pronto entendimos que las cuatro tablas que habían sobrevivido a la noche de San Juan le habían servido de cubierta para estos días. Igual por eso algunos lo habíamos visto por el barrio. Y, con lo que yo creo hasta el día de hoy que fue una sonrisa, se perdió entre hierbajos, hacia las tablas humedecidas y malolientes.

Luego planté mis pies en el mismo ascensor que hoy; el mismo espejo, la misma incomodidad, el mismo tío –quizá algo más joven–, me gritaba y me insultaba desde dentro. Cuando entré a casa con churretes en la cara, por las lágrimas, le expliqué a mi madre la historia de Blues, de la pelota, de los bocadillos y de la choza de la montañeta entre la maleza. Después de calmarme, mi madre salió a avisar a algunos vecinos. La del quinto trabajaba en el Ayuntamiento, alertó a las autoridades y se llevaron a Blues de aquel lugar. Cuando volvió a casa me dijo que no tenía que sufrir por él, que estaba con gente que lo iba a cuidar y que iba a estar bien para siempre. Nunca más volví a ver a Blues.

El olor de la cocina de tu madre es único. Cada vez que voy a mi casa, ella se atrinchera allí a fabricar macarrones por encima de nuestras capacidades de ingestión. Con la Thermomix no se pegan y me gustan menos, pero no se lo digo porque ya no tiene edad de estar tantas horas en la cocina. Ella se enfrasca en un monólogo sobre la familia, yo voy asintiendo sin escucharla mientras recojo del poyete el Ajuntament Informa del diecinueve de septiembre. Entre “ajás” y “mjms” voy leyendo un escrito del presidente del grupo municipal de Plataforma per Catalunya. En él alerta de los riesgos que corremos a consecuencia de los inmigrantes musulmanes; los llama, a todos, moros y perros yihadistas. Perros.

Cierro el díptico y pienso en cómo puede sentirse un niño musulmán, al que eso del Islam le toca de rasqui’, como a mí la virgen de mi pueblo, cuando lea a ese tipo y vea que lo llama perro. Pienso qué será de Blues y si realmente encontró un hogar. Pienso si no hay un pequeño monstruo del PxC dentro de cada uno de nosotros. Si, a veces, no es mejor creer que el resto de personas que no son como tú son sólo eso, perros, por los que sentimos menos empatía y nos duelen menos. Pienso que, a lo mejor, a mi amigo Blues no le hubiese importado ser verdaderamente un perro y haberse quedado con nosotros en el parque aquella tarde, para siempre.