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Titularidad y ejercicio

03/10/2014

Josep Maria Cortès Martí
(Opinió)
josep maria cortes_optLa teoría aristotélica reconoce al ciudadano como fundamento de legitimación de un régimen democrático. La teoría medieval reconoce la soberanía popular como fuente de la cual emana el poder delegado a unos representantes. La teoría moderna, también denominada teoría maquiavélica, diferencia dos aspectos: la titularidad y el ejercicio del poder. La titularidad reside en el pueblo expresado mediante el voto. Y el ejercicio, por transmisión ascendente, del pueblo a los partidos, mediante los cuales se justifica el poder que posee el gobierno.

La democracia actual se basa en la legitimidad, en la soberanía y la representación, pero es maquiavélica, ya que el poder es utilizado mediante una orientación normativa, excesivamente tendenciosa que beneficia a unos intereses muy particulares. El ejemplo más cercano lo tenemos en las estrategias de los partidos gobernantes. El actual gobierno del PP ampara su política desde el punto de vista normativo de “una nación de naciones” tal como se redacta en el artículo 2 de la Constitución. Y por otro lado el Govern de la Generalitat reinterpreta l’Estatut hasta el límite con el derecho al referéndum para facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica y social tal como se expone en el artículo 8 de l’Estatut de Catalunya.

'Estelada humana', durante la Diada | Jordi Corachán.

‘Estelada humana’, durante la Diada | Jordi Corachán.

Los grandes cambios acaecidos durante este año ponen de manifiesto cierta desligitimación desde el punto de vista de la teoría de la democracia tal como han puesto en evidencia determinados estudios sobre el nivel de confianza respecto a la democracia representativa. El resultado de las elecciones europeas es suficientemente aleccionador, pero también el surgimiento de plataformas que van ganando cada vez más adeptos; reivindicaciones que aparecen por doquier exigiendo desde una hipotética reinstauración de una III República Española, hasta movimientos inspirados en la autodeterminación de los pueblos, como la gran manifestación del 11 S en Barcelona expresando la V de votar, y la puesta en escena de CDC-Gent-ICV-EUiA dando soporte a la consulta del 9N en Santa Coloma de Gramenet. Sin duda grandes cambios que ponen en evidencia la obsolescencia la actual articulación de partidos y la necesidad de un nuevo marco constitucional.

Finalmente, en Catalunya este nuevo contexto tiene un relato muy propio, paralelo a la crisis de 1917, cuando el turno de los partidos españoles, ya muy desprestigiados, de Cánovas y de Sagasta se desmenuza y la política deriva a unos extremismos semi-revolucionarios. Catalunya aquel episodio lo vivió con especial virulencia tanto desde el obrerismo como del conservadurismo caciquil y un catalanismo cada vez más radicalizado; son los tiempos del pistolerismo, del leurroxismo y también de Acción Catalana y de Unión Socialista de Catalunya. La manifestación del 11S puede tener muchas lecturas, pero hay un denominador común: el malestar de la opinión pública ante unos partidos gangrenados y unos políticos miopes. La confianza en las instituciones es cada vez menor y la huida hacia Icária más tentadora, como aquella la isla griega que consiguió la independencia de Grecia durante cinco meses el 1912, y que Etinne Cabet la inmortalizó como la sociedad igualitaria y perfecta.